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Creatividad, virtuosismo, originalidad, “feeling”

Desde hace  muchos años he tenido la música como pasión. Para mí la vida sin música no es vida y para que una imagen transmita es necesario ponerle música. Imaginen una película sin música, creo que nadie la terminaría de ver. Tantos años escuchando música han hecho que aprenda algo sobre la misma sin necesidad de ser músico y hay cosas que siento le dan esencia a esa expresión artística.

Con el paso de los años, la tecnología ha permitido que se tengan muchos avances, pero a veces esa alta tecnificación hace que la música pierda vida. Desde mis inicios en estas lides he sido un verdadero fanático del rock y con el paso de los años fui aprendiendo que no sólo era rock lo que existía, también hay mucho de jazz, blues, reggae, folk e infinidad de corrientes más. Aunque estilísticamente son muy diferentes cada uno de sus géneros, tienen un elemento común: la creatividad y originalidad a la hora de ofrecer propuestas en cada uno de ellos y, tal vez, estoy equivocado, pero en los últimos años, el virtuosismo ha estado muy por encima de esos elementos esenciales. A eso se unen los grandes avances tecnológicos que le restan ese “feeling” que es necesario en cualquier obra artística, eso que los músicos del Aditus inicial llamaban “la vaina”.

Hasta la década de los sesenta, grabar un Lp era tocar “en vivo” y las 10-12 canciones que salían en el producto final eran grabadas en 1-2 días. Cuando se habla de rock, The Beatles es una referencia obligada y su álbum debut (“Please, Please Me”, 1963) fue grabado en unas 10-12 horas; simplemente era entrar a un estudio e interpretar juntos las piezas que venían tocando desde hacía algunos años. Eso es solo un ejemplo, pero lo mismo ocurrió con grandes artistas de esa época. Hoy en día he visto cosas que, en mi opinión, son tan absurdas que graban a un grupo y sus músicos nunca están juntos en el estudio, incluso se llega al extremo de no conocerse personalmente y sus contactos son a través de correo electrónico, Whatsapp y medios similares. No sé, que me disculpen los músicos y entiendan que no soy músico, pero eso como que le quita feeling a la cosa.

Por otra parte, es admirable ver cómo algunos hacen con un instrumento lo que le da la gana; agarran una guitarra y “tururururu”, tocan notas en un segundo o le das una pieza de otro artista y en menos que canta el gallo tres veces (aunque cada día se oyen menos los gallos), la han sacado al pelo. Eso es genialidad; pero muchas veces es algo frío y me hace pensar en agrupaciones como Creedence Clearwater Revival, los tipos no salían de 2-3 acordes y crearon temas que se han convertido en himnos y casi cincuenta años después siguen sonando tan frescos como al principio; o me voy a el blues y músicos como Muddy Waters crearon temas que no sólo siguen vigentes en sus versiones originales, sino que han adquirido nueva vida a través de interpretaciones de muchos de sus discípulos. Y si hablamos de Hendrix o de Zappa, palabras mayores, eran verdaderos virtuosos ya que conocían el instrumento y no se volvían locos sacando mil notas por segundo y, sumado a eso, tenían feeling, creatividad y originalidad. Demostraron que el virtuosismo no es tocar mil notas en el menor tiempo posible, es tocar la nota adecuada en el momento preciso y, lo más importante, que esa nota llegue y la sienta cada uno de los oyentes.

En una oportunidad recuerdo haber escuchado una versión del famoso “Red house” de Hendrix por uno de esos guitarristas “vergatarios” y es una de las cosas más horribles que he oído, le metió tanto veneno que envenenó y mató a la pieza. Por suerte, ese guitarrista estaba a miles de kilómetros de distancia porque de tenerlo cerca, hoy en día estaría preso. Pero no estoy diciendo que ser virtuoso sea malo y mate a la música. Chris Squire era un virtuoso y nos ha dejado un legado que superará la barrera del tiempo, lo mismo puedo decir de Keith Emerson o John Bonham, Neil Peart, y muchos otros como Joe Bonamassa, Edward Van Halen, Joe Satriani, por mencionar algunos.

Tal vez lo que no ayuda a la música es la falta de creatividad y originalidad. Antes hacer una versión era un reto, ya que se buscaba mantener la estructura de la canción original pero dando ese toque personal y un gran ejemplo es el arreglo que hizo Jimmy Page para que la voz de Joe Cocker inmortalizara el tema de The Beatles “With a Little help from my friends” o el “I can´t keep from crying sometimes”, compuesto por Al Kooper, en su época en Blues Project, y que fue llevada a otra dimensión por Ten Years After o la genial pero no muy conocida versión de “Norwegian Wood”, interpretada por la agrupación Circus.

En los últimos años se pusieron de moda las “bandas tributo” creadas para copiar al pelo lo que hicieron sus influencias hace 30, 40 o 50 años atrás y no sólo calcan la pieza, también sus movimientos, expresiones, vestuario, en fin, es como un copy-paste. No estoy en contra de las versiones, al contrario, las disfruto cuando son hechas con “originalidad”; qué sabroso es escuchar a Gov´T Mule interpretando el “Afroblue” de Mongo Santamaría, el “Cortez the killer” de Neil Young o el “War pigs” de Black Sabbath, o incluso lo que hace Metallica en ese excelente álbum “Garage Inc.”.

A veces hace falta volver a las raíces para tomar un nuevo empuje y dejar que el talento fluya, explote y nos dé creatividad; sentarse con los compañeros de grupo y tocar las piezas juntos y no a kilómetros de distancia el uno del otro y para que la música llegue, lo primero es sentir lo que se hace para poderlo transmitir. Tal vez soy un “dinosaurio”, pero la ventaja de poder escuchar música de diferentes épocas es que nos permite tener un amplio espectro para digerir. Soy admirador de todos aquellos que logran sacar notas de sus instrumentos, que pueden extraer lo que quieren, pero más admiro a los que crean obras y llegan, se sienten, son atemporales, las puedes oír hoy o dentro de 20-30 años y siguen sonando frescas, no importa si son 2-3 acordes.

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