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El capítulo argentino de Dermis Tatú

El pasado 11 de diciembre, a través de su muro en facebook, el músico argentino Fernando Samalea sorprendió a más de uno publicando un pasaje de su libro “Qué es un Long Play”. Allí recordó a una de las bandas más emblemáticas del rock venezolano: Dermis Tatú

“Qué es un Long Play” es un libro autobiográfico editado por el baterista, bandoneonista y escritor argentino Fernando Samalea a fines de 2015. El fútbol, el cine de barrio, los shows en cabarets, los encuentros con Sabato, sus inicios en grupos como Clap, Metrópoli y Fricción y el ingreso a la elite del rock local de la mano de Andrés Calamaro, Gustavo Cerati y Charly García, forman parte de esos relatos mágicos que pueden ser leídos en este primer volumen de sus memorias. Y es que entre tantos viajes, colaboraciones y episodios existenciales, no podía faltar aquel encuentro con la enigmática agrupación venezolana.

“Luego de numerosas cartas de correo, llegaron desde Caracas los amigos de Dermis Tatú, decididos hasta la médula a escribir su ‘capítulo argentino’. Corría noviembre de 1993. Tal como habíamos quedado, tocaron el timbre bien temprano en la mañana. Troconis, Castillo y Araujo no solo traían sus maletas, sino también unos cuantos instrumentos. ¡Batería incluida! Yo me había acostado hacía un par de horas y bajé por el pasillo a abrirles, como un zombie. Apenas entorné la puerta de la calle San José, recibí el abrazo de Cayayo. Casi al tiempo que una frase suya, directa sobre mi oído, me dejó momentáneamente ensordecido:

—¡Pana, olvidé la guitarra en el bar!

Se había dado cuenta de que una de sus dos guitarras, la preciada Les Paul Sumburst, había quedado el bar de la misma calle al 100, casi Avenida de Mayo, desde donde me habían telefoneado. Para colmo, estaba en un estuche doble, con el bajo de Héctor. El resto nos miramos incrédulos:

—¿¿¿Quééé???

No había tiempo que perder y corrimos las diez calles que nos separaban del lugar. Agitados y jadeantes, con voces entrecortadas y a contramano del tránsito por la calurosa mañana, fuimos poniéndonos al día en cuanto a novedades.

—¡Coño, qué ladilla!—bramó Sebastián.

—Oye, chamo, Sama…uffff…

—No sabes, pana, vinimos en bus desde el aeropuerto. Nos dejó cerca de la Plaza de Constitución y desde allí montamos un taxi con un chofer que parecía un asesino serial. ¡Qué lugar, lleno de travestis!—decía Cayayo.

—¿Está todo bien con el disco? Eh, uf, ¿y cómo está Caracas? uf, ¿che, miren qué Zoca y Victoria todavía están durmiendo… ¡Qué bueno que estén acá!

samalea qué es un long playPor suerte, el dueño del café era un hombre decente y señaló la guitarra ni bien detuvimos la marcha ante la barra. La había guardado con recelo en el kiosco de al lado, a la espera de su artista venezolano, que abrazó al estuche con una sonrisa antológica.

Mi altillo ya era un albergue comunitario. Además, estaban los tres gatos, que alternaban techos y almohadones: Yuki, Lagrimita y El Cabezón. El barrio, no precisamente de estilo selecto, aportaba un halo picante. Ellos disfrutaban del aire marginal.

Como si no bastase, a los cuatro o cinco días se sumó la encantadora Claudia Larraguibel, novia de Héctor, quien cruzó el largo pasillo bolso en mano y recién llegada de Santiago de Chile, mientras “los carajitos” trepábamos por techos y cornisas con instrumentos de ocasión, rodeados de gatos aguerridos que nos miraban de reojo.

—¡Verga, esto está de pinga! —gritaba Cayayo con la guitarra acústica en su rodilla, retocando canciones a cielo abierto, lápiz y cuaderno mediante.

La convivencia iba de maravillas. Solíamos comer pasta al tuco y pollo hervido o salir hacia los buffets de la zona, cuando el hambre atacaba y no había ganas de cocinar.

—Vengan a comel comida china veldadela —ofreció Nancy, la señora china de un Tenedor Libre cercano, recibiéndonos en su pequeño apartamento.

En poco tiempo, ¨los venezolanos¨ se ganaron el cariño de gran parte de la movida porteña. Les presenté a Pablo Sbaraglia, en la casa de Hilda Lizarazu de la calle Honduras, la noche en que tocamos en una radio con Man Ray, y hasta consiguieron un show en San Martín de los Andes como por arte de magia, abordando un bus durante más de 20 horas. Allá ofrecieron dos conciertos, uno en un muelle frente a un lago paradisíaco, al cual se accedía en lancha, y otro en un bar del pueblo. La Patagonia los hechizó.

Al regreso, se presentaron con aceptación en jams de Prix D’Ami y The Roxy, alternando instrumentos con Charly, Fito o Medina. Ya estaban dentro, sin duda. En el Roxy acordaron tocar todos los jueves y su poderoso set nunca comenzaba antes de las 4 y media de la mañana.

Recorríamos clubes como ¨El Dragón¨ del Abasto u otro after que abría a las seis de la mañana, en Federico Lacroze casi Alvarez Thomas. En el lugar había funcionado el Cine Argos y sus ventanales estaban pintados de negro, así como cuanta pared, suelo o techo quedase a la vista. Algunos raspaban los vidrios para que entrasen diferentes formas y rayos de sol desde la calle, generando un clima de misterio, coronado por caras fantasmales de ultratumba.

También frecuentaban al grupo de chicas Mata Violeta, de Erica García y Flopa, además de María Gabriela Epumer. Las reuniones en el altillo de Constitución fueron corrientes, así como ir al cine o a tanguearías, con milongueros destacados como ¨Petaca¨. El diminuto bailarín solía visitarnos en la calle San José. Particular personaje, vestía camisas a rayas y pantalones de tiro alto, además ostentar con cadenas y pulseras doradas.

—Qué buena esa cadenita. Es un Cristo, ¿no? —le preguntó Héctor una noche en el sofá.

—Ma qué Cristo…¡miralo bien!…

Se trataba de la esfinge de una mujer, cuyos pies formaban una especie de hueco a modo de cucharita de café, ideal para tomar cocaína disimuladamente.

Con Dermis Tatú asistimos a conciertos de Divididos, a uno del Negro García López en un bar céntrico y al de Los Redonditos de Ricota en el estadio de Huracán, donde Pablo nos llevó casi a punta de pistola. Presentaban ¨Lobo suelto, cordero atado¨ en esa zona de Parque Patricios. Entramos sin tickets, mezclados entre jóvenes que empujaban y derribaban enormes puertas a modo de conquista, como en un film de la Edad Media. La devoción de su público era sorprendente y jamás habíamos visto algo así. Eran conciertos promocionados de boca en boca y absolutamente fuera del sistema.

Otra buena amiga, Andrea Lambertini, los paseaba a menudo en su Ford Taunus gris, llevándolos a su elegante casa familiar de La Horqueta, para contrarrestar el carisma dudoso de nuestro barrio. También salíamos de noche por Corrientes o a cenar pastas en el restaurant Pippo de la calle Montevideo. Los entrañables venezolanos se asombraban de que se podía comprar libros, revistas, vídeos o discos a las tres de la mañana.

—Coño, mira qué arrecho… venden comics y además están abiertos al público toda la noche—gritaba Héctor, sorprendido ante las vidrieras. Compró cantidades.

Les gustaba observar la cantidad de chicos y chicas que colmaban las calles, así como las fiestas alocadas hasta el mediodía, al estilo ¨Las Vacas Sagradas¨, que se organizaban en una playa de Olivos. En medio del torbellino, cumplí 30 años. Pero nada hacía creer que iría a cambiar mis hábitos de vida.

Las hermanas Pelzmajer —Marianela y Paola—, y las hermanas López —Francisca y Alejandra—, frecuentaban el departamento de Charly, aun siendo menores de edad. Ese año, egresarían del Colegio Nacional Buenos Aires, un majestuoso edificio del siglo XIX, en Bolívar 263. Con ingenuidad y buenas intenciones, nos propusieron tocar de incógnito en la fiesta del 11 de diciembre de 1993, en el propio patio central. Dispondríamos de los instrumentos de otros grupos de alumnos. ¡Sonó a gloria!
Llegado el día, logramos ingresar a nuestra estrella, disimulado entre la muchedumbre, y nos instalamos a esperar en una de esas aulas centenarias, dignas del film ¨Harry Potter¨.

Luego del set de “El rengo del lago Logan”, el grupo de alumnos, abrieron el juego los Dermis Tatú, acompañados por el saxo de Willy Crook, luciendo sugestiva gorra, en un escenario montado con una enorme bandera del Centro de Estudiantes detrás.

El ambiente quedó servido para que García arremeta con su demoledor repertorio, ante un estudiantado que no paró de vitorear su presencia. Todo el mundo pareció feliz y la noche mutó a delirio, coronada con un escupitajo que terminó colgando del mango de la Stratocaster de Cayayo, quien había cometido la inconsciencia de prestársela a Charly para su actuación.

—¡Coño de la madre, esto chorrea algo raro!”

(Extracto del libro “Que es un Long Play”. En la fotografía principal: Charly, Willy Crook, los Dermis Tatú y Samalea)

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