Patti Smith

Patti Smith en Argentina: una voz atemporal y un ejercicio contra la velocidad

La cantautora punk volvió a Buenos Aires para presentarse en el Luna Park y reafirmar su leyenda de compromiso e inspiración.


Ante todo, debo decir: esto no es ni pretende ser una crónica de un recital. No aspira a ninguna rigurosidad ni mucho menos una cronología. A lo sumo, si quieren nombrarlo, podría ser una suerte de testimonio. Se pueden dar algunos datos objetivos, claro, me resiste un vicio periodístico, estamos en el Luna Park, es veintiuno de noviembre, nos aventuramos a un encuentro, en particular mi primer encuentro, con Patti Smith. Pero de ella y de esta noche importan otras cosas: su voz y su velocidad.

Me resisto a este impulso terco, y rápidamente entiendo sensato y necesario buscarle palabras a esta experiencia, si al fin y al cabo el primordial esfuerzo artístico y vital de Patti durante décadas (durante cinco o más) ha sido ese: darle sentido a la brutalidad del mundo a través de la más férrea voluntad poética. Ese es su principal legado en mí, su acción profética: una profunda fe en las palabras. Por eso insisto.

Entonces Patti, Patricia Lee, mamá le digo a veces cuando siento que me guía y me abraza, “hola ma” le digo cuando aparece, se erige sobre el escenario como siempre la imaginé: una espiga delgada y curva, como en el cuadro que hace años custodia mi sueño desde la pared (mi casa es donde esté Patti, repetí entre mudanzas), pero con su pelo más blanco, todo blanco, su cuerpo manso, cauto con sus casi setenta y tres años. Su presencia, igualmente, descomunal.

Pero vuelvo sobre la voz. Porque es lo primero que me conecta con la fundamental realidad ontológica del encuentro después de ese primer avistaje, ese primer contacto visual que me confirma que es verdad. La voz de Patti Smith viene de otro lugar. Se manifiesta, emerge intacta, reconocible, perfectamente identificable. Profunda. Viva. La voz de Patti hace eco sin efectos, se vuelve murmullo, se vuelve vibración, se ensancha en las eme, voices, voices, mesmerize, todes la escuchamos encantades, asistimos entregades a una hipnosis. Patti apila frases, las alarga, construye su discurso (siempre está diciendo algo) mientras eleva el tono de voz y no se puede hacer más que creerle.

Patti Smith distancia

Es que en la voz de Patti, todo suena a proclama, y las proclamas suenan a plegarias. Introduce así las canciones, las dedica, a les trabajadores, a todes les trabajadores de todos los rubros (a ellxs “My blakean year”), a los pueblos originarios que resisten con dignidad el avasallamiento sobre sus tierras y sus identidades (“Ghost dance”), a les que luchan contra la opresión hoy y a les que lucharon antes, a lxs desaparecidos, que no están pero they are always remembered, siempre recordades, ahora y siempre. “Beneath the southern cross”. La cruz del Sur nos custodia afuera, adentro del Luna Patti es su propia constelación, forjada por una sensibilidad sobrehumana, la misma que le hizo un lugar en la historia como leyenda del rock, una leyenda vigente y radiante que le escapa a todo lugar común de la estirpe. Escupe el piso con violencia cada tanto.

Patti llega a Sudamérica en un momento apremiante. En Brasil gobierna la más rancia derecha, en Chile el pueblo se subleva contra el orden neoliberal y se enfrenta a la muerte, la tortura, la violencia. En Bolivia un golpe de estado tumba a un líder indígena y derrocha racismo, nos recuerda lo frágil de nuestras democracias todas.

La digresión hacia el contexto no es tal o no es mía. Patti es la que todo el tiempo alude al contexto, lo trae puertas adentro, frontera adentro, no nos deja olvidar, ella está ahí para eso. Cree en eso. En la música y la poesía para contrarrestar el horror, para darle sentido a la brutalidad del mundo. Antes de llegar a Buenos Aires (última parada de su gira por el sur), Patti pasó por esos países (salvo Bolivia) y cerró o abrió casi todos esos encuentros con “People have the power”, la gente tiene el poder, acá diríamos el pueblo, el pueblo tiene el poder. Acá, el gobierno volvió a las manos del pueblo por vía democrática. Acá celebramos, con el dolor de nuestrxs hermanxs presente, muchas mostramos el pañuelo verde, Patti lo lleva en el bolsillo, cantamos felices con el eco de las multitudes que en los días anteriores lloraron en su resistencia mientras cantaban que sí, que el poder lo tiene el pueblo, el poder lo tiene el pueblo, el poder lo tiene el pueblo.

Pero también quería hablar de la velocidad. Porque eso es lo otro que importa. En esta época de exaltación, donde siempre queremos que todo sea más, que sea más largo, más grande, más fuerte, más rápido, donde parece que la medida de la intensidad y de la calidad de un recital son los setlists kilométricos, el artista haciendo crowdsurfing o cadenas de fuego sobre el escenario, Patti Smith nos propone lo mismo que la poesía: un ejercicio contra la velocidad.

Y no porque no haya velocidad durante la hora y veinticinco que dura la ceremonia, de hecho varios, muchos de los temas elegidos para esta ocasión, para casi todo el viaje por Sudamérica (una suerte de antología perfecta, una selección de una o dos canciones de cada disco), estallan, desde el cover de “Beds are burning”, el fulguroso “Free money” que llega desde los albores de Horses junto al legendario “Gloria”, aceleran, se precipitan en sus reconocibles crescendo, Jay Dee repiquetea sobre la batería, Lenny recorre imperturbable el mástil de su guitarra, Patti se mueve, todes saltamos sin parar, la música se vuelve poesía, su identidad primordial, en esos segundos donde la letra le escapa a la melodía y se eleva, flota en el centro de la escena. Pero un recital de Patti Smith no puede consumirse, no puede apurarse.

Incluso en esos momentos de velocidad, hay algo en la dinámica propuesta, algo en la cadencia de los intercambios arriba del escenario y con el público, que invocan a un presente ineludible, concreto. En un outro, Patti nos urge: eleven los brazos, sientan la sangre que hierve en sus venas, sientan el impulso creativo que nos da vida, sientan la vida, somos libres, ¿se dan cuenta de que somos libres?, ¿pueden sentir esa libertad en la sangre?, sean concientes de esa libertad. Yo lo entiendo todo y lloro como en un exorcismo extrañamente luminoso.

Durante algunos años, mis primeros y precoces años en el ejercicio del periodismo, trabajé de escribir sobre discos, artistas y recitales. Había algo de adictivo y pedagógico en el intento recurrente por narrar lo inenarrable. Una vez un editor me acusó de sentir demasiado, de perder el punto de vista. Por eso esto no es una crónica. Porque a Patti Smith sólo puede escribirla con justicia ella misma, y a algunos recitales no se puede entrar sin corazón.

Photograph: Jamie MacMillan